Dios no hace fotocopias: Mi historia de cómo conocí a Jesús

Solemos pensar que en la fe existen fórmulas mágicas iguales para todos. A mis 40 años, entre recuerdos de un concierto de rock y una cabina de radio, entendí que Dios no nos hace en serie. Esta es mi historia personal al conocer a Jesús.

Siempre he notado algo curioso en la humanidad (o por lo menos en los pocos humanos con los que me he cruzado en mis 40 años de vida): la gran mayoría tiende a tener los mismos gustos, solucionar los problemas de la misma manera y seguir las mismas corrientes.

A mí me pasa de forma diferente. Si algo que me gusta se vuelve tendencia, pierde gusto y sentido para mí. Me paso con los tatuajes: nunca pensé en hacerme uno, pero los admiraba como arte. Acostumbraba a apreciar el diseño, los trazos, los colores, el realismo y, sobre todo, a preguntar por la historia detrás de cada uno. Algunas historias eran sorprendentes.

Sin embargo, de un tiempo para acá se volvió moda, y hoy lo anormal parece ser no estar tatuado. Un día le pregunté a una chica en un restaurante por varios de sus tatuajes. Su respuesta fue: «Estaban en promoción, pagué dos y me hicieron tres. Como no sabía qué hacerme, el tatuador me recomendó estos». Me quedé pensando: mmmm, interesante.

Lo mismo pasa en muchas áreas:

—¿Por qué estudias esto? Porque da dinero.
—¿Por qué compraste este vehículo? Porque todos lo tienen.
—¿Por qué vistes de esta manera? Porque está de moda.

Entiendo que en ciertos aspectos sigamos tendencias sin que sea trascendental, pero me sorprende ver cómo pasa exactamente lo mismo en nuestra vida espiritual y en nuestra relación con Dios. En el área más importante de nuestra vida, es imposible dejarnos llevar por modas.

Es por eso que hoy quiero compartir mi historia de cómo conocí a Jesús y cómo, poco a poco, fue ganando espacio en mi corazón. Y mucho cuidado con esto: es solo mi historia y estoy seguro de que nunca se repetirá. Mis hijos tendrán la suya, mi esposa ya vivió la suya y tú, que me lees, descubrirás la tuya.

(Como les conté en un artículo anterior, [¿Por qué Jesucristo, Dios hecho hombre?], pueden ir a leerlo y volver, aquí los espero…)

Cuando la fe se convierte en rutina

Desde los seis años me empezaron a llevar a una iglesia cristiana. Llegada la adolescencia me empecé a cuestionar muchas cosas, me parecía curioso algo a lo que llamaban «estar viviendo el primer amor».

Se suponía que esto empezaba luego de hacer la famosa oración de fe, aceptando a Jesús como Señor y Salvador. Pero créanme: yo no sentía nada. Sentía sueño y pereza, pero jamás amor, o felicidad, alegría y diversión por ir a una iglesia.

Varias veces pensé: «Debe ser que no hice bien la oración, voy a repetirla con más reverencia». ¿El resultado? Nada. No se iba el sueño y el amor tampoco llegaba.

Pero un día todo empezó a ser diferente. Recuerdo mucho la rabia de ese día y lo indispuesto que estaba.

El concierto que lo cambió todo

Mi mamá trabajó toda la vida en medios de comunicación. Para esa época yo tenía alrededor de 15 o 16 años y ella se enteró del concierto que daría en nuestra ciudad una banda de rock argentina.

Llegó a casa con dos entradas y el álbum recién lanzado: No es cuestión de suerte. Mi respuesta (y les doy permiso de llamarme grosero, mal educado, mal hijo, en fin) fue: «No, muchas gracias, pero yo por allá no pienso ir».

Hoy reconozco mi mala actitud, pero entiéndanme un poco: era un adolescente con una imagen no muy buena de la iglesia. Pensar en ir a un concierto con mi mamá a escuchar un grupo de rock cristiano donde en la portada salían con saco y corbata me hizo pensar: «Deben ser panderetos, igual que en los cultos del domingo».

Portada del álbum "No es cuestión de suerte" (Rescate, 2000).

Llegó el día. No me pregunten cómo hizo mi mamá para convencerme, pero lo logró de manera magistral. Mientras escribo esto, recuerdo las preguntas que rondaban mi cabeza en aquel entonces: «¿Y por qué debo creer en Dios, por qué Jesus y no en el dios Sol o los dioses de los Mayas?», a la cual sentí que mi mamá no supo responder en su momento. Hoy me sorprendo al ver que ahí estaba ella, en complicidad con Jesús, buscando la manera de que yo lo conociera. Así que, Mamá, como sé que pasarás por aquí y leerás esto: Gracias, muchas gracias. Ese día fuiste parte de un plan para que toda mi historia fuera diferente.

Para mi sorpresa, el concierto fue un éxito. El guitarrista tenía el cabello como un loco, pantalones rotos y camisas por fuera; las guitarras eléctricas sonaban de maravilla y las letras contaban historias que yo entendía y con las que me identificaba.

¿Sentí de inmediato el «primer amor»? ¿Se me quitó la pereza o el sueño de ir a la iglesia? Para nada, todo eso seguía igual. Pero en ese concierto conocí a un joven llamado Daniel Z, locutor de una emisora radial cristiana, quien me invitó a un grupo de jóvenes que se reunía en la misma cabina desde donde transmitía.

Nuevamente, ¡vaya sorpresa! Las reuniones eran muy diferentes a lo que había vivido por años. No había un libreto rígido de «siéntese, párese, dígale al de al lado». Todo lo contrario: nos sentábamos a hablar entre jóvenes de mi edad. Un día había una guitarra y cantábamos algo; otro día solo hablábamos de nuestra semana y orábamos al final. A veces Daniel nos contaba una historia, escuchábamos música o nos dejaba participar en la emisora. Conclusión: todo muy orgánico y natural.

Luego de esto no cambiaron muchas cosas de la noche a la mañana, pero sí había algo diferente: ya no me cuestionaba si Jesús existía o no, ni sentía que perdía el tiempo creyendo en cuentos de hadas. Estaba seguro de que Él estaba ahí.

Pasó el tiempo y en algunas etapas me aparté. No porque no creyera, sino porque me decía a mí mismo: «Me voy a dar una vuelta; si necesito algo, lo llamo y hablamos». Y ahí se quedaba Jesús, sentado esperando. Pasaban los meses y un día algo me lo recordaba; sentía la necesidad de ir y hablar con Él. Y otra vez la sorpresa: nunca me cuestionó, nunca me regañó y mucho menos me juzgó. Nos sentábamos a hablar y el ambiente se llenaba de paz. Nuevamente salía a dar otra vuelta, pero esta vez más corta. Así fue pasando hasta hoy, donde ya no salgo a dar vueltas solo: siempre vamos juntos.

Dios no trabaja en serie

Volviendo al principio: tenemos la tendencia a ver la vida como una fórmula mágica donde, si repito lo mismo que otro, tendré el mismo resultado. En algunas cosas funcionará, pero en la relación con Dios es imposible. Es como pensar que si educo a mis dos hijos de la misma manera van a ser idénticos. Los que somos padres sabemos que no es así.

Miremos un ejemplo rápidamente: Jesus se cruzó con varios ciegos y su trato con todos siempre fue diferente, así como su método para curarlos fue muy particular.

A uno, lodo y saliva se los untó en los ojos y lo mandó a lavarse en un estanque muy puntual; a otro, solo le tocó sus ojos y le dijo que por su fe sería sano; a otro, solo le colocó saliva en sus ojos y empezó a ver, pero borroso (¿será que se le olvidó el barro y por eso no veía completamente bien?). Luego colocó sus manos nuevamente y vio con claridad.

No es que el milagro hubiera fallado, simplemente el trato con cada uno es diferente. Somos sus hijos, somos únicos y a cada uno nos trata de manera especial.

«El Señor me dio el siguiente mensaje: “Te conocía aun antes de haberte formado en el vientre de tu madre; antes de que nacieras, te aparté y te nombré mi profeta a las naciones”»
Jeremías 1:4-5 (NTV)

Desde antes de haberme formado, Él ya me conocía y organizó todo un plan para que yo me cuestionara, llegara a un concierto, luego a un grupo de jóvenes y poco a poco lo fuera conociendo.

Hoy sé que tu historia también está en marcha. Puede que ya la hayas descubierto o puede que no; solo dispón tu corazón. Puedes empezar con esa oración sincera donde le dices que quieres conocerlo. O puede ser aceptando una invitación a una reunión donde piensas que será tediosa o aburrida; no lo sabes, pero te puede llegar a sorprender.

Lo más seguro es que no sientas pirotecnia de inmediato, pero te aseguro que una pequeña semilla empezará a germinar.

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