Era un domingo por la mañana, día de ir al servicio. Mi esposa siempre dice: «parecemos los McCallister». Muchas veces pasa que, camino a la iglesia o al llegar, algo se nos queda. Gracias a Dios, hasta el momento, nunca se nos ha olvidado alguno de los niños.
Procuramos sentarnos en la primera fila, en el extremo derecho del salón. En esa esquina podemos acomodar el coche del bebé a un lado y queda espacio suficiente para que los niños jueguen en el piso con sus juguetes mientras nosotros escuchamos la palabra.
Aquel día mi mente no prestó atención al mensaje del predicador, pero me llevó a una reflexión profunda.
Un viaje a mis 80 años
Recuerdo que mis hijos jugaban con sus carritos en un tapete que tiene impresa una ciudad con sus vías y edificios. Mi esposa estaba sentada a mi derecha. Mientras los observaba, mi mente viajó de repente a mis ochenta años.
Me imaginé sentado con mi esposa en una banca de madera al lado de la entrada de nuestra casa —no la casa donde vivimos actualmente, sino una de estilo campestre, con un prado al frente y un árbol grande plantado al lado izquierdo—. Obviamente ya vivíamos solos; nuestros dos hijos tendrían unos 45 y 42 años, casados y con sus propios hijos.
Mientras estábamos allí sentados, mirando a los vecinos y los carros pasar, empezamos a hablar sobre cuál considerábamos que había sido la mejor época de nuestras vidas. Después de recordar historias y etapas, nos volteamos a mirar y concluimos que nuestra mejor época eran los años en los que hoy escribo este artículo.
Mi esposa me decía: —¿Recuerdas a los Juanes? Tenían 5 y 2 años. Llegabas de trabajar y siempre había un pañal que cambiar, o tenías que corretearlos para bañarlos y ponerles la pijama. Aunque yo podía hacerlo, tú me pedías que te dejara hacerlo porque era tu tiempo especial con ellos. ¿Recuerdas las preocupaciones por un nuevo trabajo o un nuevo ingreso para compensar los gastos que surgían? Al final todo se dio, y nunca nos faltó una cama para dormir ni la cena para sentarnos a la mesa a compartir.
Despertar al presente
Volví al presente y me di cuenta de que estaba viviendo la mejor época de mi vida.
Sin embargo, al reflexionar, noté algo peligroso: mi mente estaba continuamente en el futuro. Pensando en cómo se iban a pagar las cuentas y compromisos, pensando en que el tiempo no alcanzaba, pensando en que mi presión arterial ha estado alta y anticipando mil escenarios de salud… Mi mente siempre asumía lo peor.
Fue allí cuando vino a mi memoria este versículo:
«No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que él ha hecho. Así experimentarán la paz de Dios, que supera todo lo que podemos entender. La paz de Dios cuidará su corazón y su mente mientras vivan en Cristo Jesús.»
Filipenses 4:6-7 (NTV)
A partir de ese día empecé a hacer un ejercicio: todas las mañanas me levanto y agradezco por el sitio donde dormí, el alimento que hay en mi nevera y la salud que nos acompaña. No niego que hay días en los que fallo y me arruino el día aburriéndome por problemas que, al final de la semana, nunca sucedieron. Pero lo vuelvo a intentar al día siguiente. Y esa Paz que supera todo entendimiento vuelve a inundar mi mente para disfrutar el día en su totalidad.
¿Y qué pasa si los valles oscuros llegan?
Volviendo a aquel domingo en la iglesia, también pensé: si bien es cierto que la mayoría de los miedos y preocupaciones nunca se hacen realidad, también es verdad que las dificultades existen. Nada me garantiza que no voy a recorrer días difíciles. Uno de los salmos más conocidos nos lo recuerda:
«Incluso si paso por el valle más oscuro, no temeré ningún peligro, porque tú estás a mi lado. Tu vara y tu cayado me protegen y me confortan.»
Salmo 23:4 (NTV)
Es una realidad que transitaremos por valles oscuros. Hay quienes entran en esos valles y se quedan allí. Pero esto me llevó a la misma conclusión: si esta es la mejor época de mi vida, ¿por qué amargarla con preocupaciones sobre cosas que ni siquiera han pasado ni están bajo mi control?
Para cerrar mi domingo en el servicio, recordé lo que Jesús enseñó sobre el afán:
»Por eso les digo que no se preocupen por la vida diaria, si tendrán suficiente alimento y bebida, o suficiente ropa para vestirse. ¿Acaso no es la vida más que la comida y el cuerpo más que la ropa? Miren los pájaros. No plantan ni cosechan ni guardan comida en graneros, porque el Padre celestial los alimenta. ¿Y no son ustedes para él mucho más valiosos que ellos? ¿Acaso con todas sus preocupaciones pueden añadir un solo momento a su vida?
»¿Y por qué preocuparse por la ropa? Miren cómo crecen los lirios del campo. No trabajan ni cosen su ropa; sin embargo, ni Salomón con toda su gloria se vistió tan hermoso como ellos. Si Dios cuida de manera tan maravillosa a las flores silvestres que hoy están y mañana se echan al fuego, tengan por seguro que cuidará de ustedes. ¿Por qué tienen tan poca fe?
»Así que no se preocupen por todo eso diciendo: “¿Qué comeremos?, ¿qué beberemos?, ¿qué ropa nos pondremos?”. Esas cosas dominan el pensamiento de los incrédulos, pero su Padre celestial ya conoce todas sus necesidades. Busquen el reino de Dios por encima de todo lo demás y lleven una vida justa, y él les dará todo lo que necesiten.
»Así que no se preocupen por el mañana, porque el día de mañana traerá sus propias preocupaciones. Los problemas del día de hoy son suficientes por hoy.
Mateo 6:25-34 (NTV)
Un día a la vez
Con esto no les pido que vivamos una vida irresponsable o despreocupada sin pensar en el futuro. Pero sí hagamos el ejercicio de enfocarnos solo en los problemas de hoy. Trabajemos en lo que hoy está en nuestras manos y dejemos los problemas del mañana para cuando llegue ese mañana.
Por último, en lugar de dejar que tu mente divague en el futuro, aférrala a esta verdad que sí es real y absoluta para tu vida: eres su Hijo, y tu Padre que está en los cielos ya conoce todas tus necesidades.



